2 ene. 2011

EL DIARIO SECRETO

- ¡Ratita presumida! – Le dijo a María, su tío Alfredo desde el fondo de la sala – Esta mañana, has estado fenomenal en la representación del colegio.

María, que a sus cortos años, ya destacaba por sus respuestas extensas y bien definidas, respondió:

- Gracias tito.

Sin mediar más palabras, la niña de pelo largo y rizado, se fue a su dormitorio.

- ¿Qué le pasa hoy a María? – Preguntó Alfredo a Leticia, la madre de la protagonista de la obra de teatro de aquella mañana.

Leticia, era una mujer joven, pero con muchos años vividos y muchas duras experiencias a sus espaldas. En su cabello, ya se distinguían varias canas:

- ¡No lo sé hermano! – Exclamó con desesperanza – Esta mañana se levantó ya muy rara. Decía que tenía que regresar pronto a casa, que no podía dejar su habitación sola durante mucho tiempo. Me tiene preocupada… su hermano Luis me ha dicho que en el colegio, ya no es la misma…

Luis entró en esos momentos por la puerta del salón. Con su aspecto desgarbado y los pantalones caídos, saludo efusivamente a su tío y a su madre:

- ¡Qué pasa familia! – Gritó con ganas – Mí piba me ha dicho que María ha estado genial esta mañana… ¿dónde está la artista?

- En su dormitorio – Susurró Leticia – Y no grites, que creo que está estudiando.

Luis avanzó hacía su tío, y le dio un gran abrazo:

- ¿Dónde estabas esta mañana, bribón? – Le preguntó Alfredo a Luis – Elena ha estado mirando al móvil toda la función.

- Sí… es que tenía un examen de literatura. El año que viene voy a la universidad y no puedo dejar de lado mis estudios, tito.

Alfredo lo miró de arriba abajo, con aire cansado:

- ¿Pero cuántos años tienes ya? – Preguntó.

- Ya lo sabes tío – Dijo Luis mientras encendía la televisión y buscaba un juego en la estantería – 16 años.

- Es verdad – Murmuró Alfredo – Como pasa el tiempo… cómo pasa el tiempo – Repitió.

Luis se dirigió a Leticia y le preguntó:

- ¿Y mamá? ¿Cuándo regresa de su viaje?

- Mañana… le ha dado mucha pena no poder ver la representación de la enana… No se ha perdido nada de María, desde que nació.

- Es cierto – Intervino Alfredo – Recuerdo el día que decidisteis tener a María. Luisa no dejaba de sonreír y sonreír como una niña pequeña…

- ¡Sí! – Dijo Luis – Y yo no dejé de llorar y llorar como un cosaco durante tres días.

- ¿Pero te acuerdas? – Preguntó Leticia – Si tan solo tenías 6 años.

- Claro – Respondió Luis – Como olvidar el día en que tus madres, deciden ampliar la familia, casi sin contar con nadie más…

- Pero Luis – Le dijo Leticia – Nosotras te lo preguntamos.

- ¡Sí! Me lo preguntaron – Dijo Luis mirando a su tío – Para nada... Si ya estaban haciéndose las pruebas y todo.

- ¿No me dirás que estás triste de tener a tu hermana? – Preguntó Alfredo, mientras acariciaba la cabeza del muchacho, que ya jugaba sentado en el sofá.

- No. Por supuesto que no. María es lo mejor que nos ha pasado. Pero en aquel entonces, yo solo era un niño mimado y protegido por estas dos estupendas madres – Dijo, mientras observaba a su madre de refilón.

- No hace falta que me hagas la pelota – Indicó Leticia – Ya sabes que solo tienes una hora para jugar a la play.

- Pero es que hoy tenemos una competición online, mamá – Suplicó el joven – Déjame hasta las siete, ¿Vale?

Leticia miró a Luis a los ojos, como si de una batalla se tratara, hasta que dijo:

- Vale. Me has convencido. Pero no se lo digas a Luisa… ya sabes que es más inflexible que yo.

- Gracias mamá – Gritó contento Luis, mientras besaba a su madre en la cara.

Al poco rato, María apareció en la puerta del salón, despeinada y llorando desconsoladamente.

- ¡Se ha ido! – Sollozó – Y no creo que vuelva…

Leticia, Alfredo y Luis, corrieron al encuentro de la pequeña, que aún apoyada en el quicio de la puerta del salón, gimoteaba con ganas:

- Mamá – Dijo con dificultad - ¿Te acuerdas lo que te dije esta mañana? ¿Qué no podía dejar la habitación sola por mucho tiempo?

- Sí cariño – Le respondió su madre, mientras la acariciaba.

- Pues ha sido demasiado tiempo… he estado fuera demasiado tiempo.

La niña siguió llorando, con el pelo enmarañado y con churretes en la cara. El tío Alfredo intervino como siempre, con calma y optimismo:

- Cuéntanos que pasa María. Intenta comenzar desde el principio. Seguro que te podemos ayudar.

María se deshizo de las manos de los dos adultos que la sujetaban, y se dirigió tambaleándose, a la silla más cercana al balcón. Se cogió a ella, se limpió la cara y comenzó su relato:

- En diciembre del año pasado, el día de mi cumple – apostilló – mamá Luisa, me regaló un diario. Como soy una niña, me dijo que era un diario mágico y que todo lo que deseara, si lo escribía, pasaría.

- Sí – Dijo Leticia – El diario lo trajo de uno de sus viajes. Era muy llamativo y me contó que desde que lo vio, pensó en ti.

- ¡Es verdad! – Exclamó Luis – A mí casi me endiña uno de esos cuando cumplí los doce… Yo se lo digo todas las semanas: “Mamá, lo que te gusta a ti, no tiene porque gustarme a mí”… Creo que aún no lo ha entendido.

- Deja continuar a tu hermana Luis – Dijo el tío Alfredo, enderezando la espalda – Vamos chiquilla, sigue con tu historia.

María, que había permanecido de pie todo el rato, decidió sentarse en la silla.

- Ha pasado. Todo lo que he ido escribiendo en mi diario desde entonces… ha terminado pasando. Por eso he sido la protagonista de la obra de teatro, por ejemplo…

- Claro – Gritó casi riendo Luis – Y yo salgo con la chica más popular del instituto, por tu diario… Qué cosas tienes hermana.

La niña lo miró sin parpadear.

- Anda ya… los diarios son solo hojas en blanco. No son nada más que eso – Murmuró Luis con la cabeza agachada.

María no lo escuchó y continuó hablando. Los adultos, ya se habían tranquilizado después del susto inicial, y atendían a la niña desde el sofá.

- A veces, el diario parece que me habla – Dijo con la voz entrecortada – Es como si quisiera escribir él mismo las líneas que aún no he escrito…

María sacó de dentro de su chaqueta, una especie de libreta, vieja y arrugada:

- Os leo - Indicó – “Diciembre de 2009. Ya es de noche y aún no ha regresado mamá Luisa del trabajo. Mañana es Navidad, y parece cualquier época del año. Ojalá mamá regrese pronto. La necesito”.

Leticia miró a su hija con beneplácito:

- Cariño, ya sabes que mamá trabaja mucho.

- Lo sé – Dijo la niña - ¿No recuerdas que pasó aquella noche? Esa fue la primera vez que el diario dio sus frutos.

Leticia hizo ademán de pensar.

- No. No lo recuerdo. Creo que Luisa llegó temprano aquel día.

- Sí – Intervino la pequeña – Vino antes. Dijo que el vuelo se había adelantado de modo casi mágico, a pesar de las fiestas y las fuertes heladas en toda Europa. Aquel día, acababa de cumplir los diez años, y aún era muy joven para percatarme de todo.

- Habló la vieja – Vociferó Luis con cara de guasa – Pero si solo han pasado unos meses, enana.

- Ya lo sé – Dijo la niña – Pero he aprendido mucho en este tiempo. El diario me ha enseñado grandes cosas… una de ellas, es que los deseos se cumplen. Pero se cumplen de verdad.

Alfredo y Leticia se miraron sonriendo.

- Es tan bonito lo que dices hija – Dijo Leticia con cara de admiración – Luego, cuando creces, las cosas no son tan fáciles.

Alfredo asintió.

- Mamá, deja que siga, por favor.

- Venga María – Le respondió su madre – Pero por favor, respira hondo que te vas a quedar sin aire.

María hizo una inspiración profunda, y continuó:

- Hace dos noches, me enfadé con Luisa – Dijo afligida – y entonces escribí esto.

María, abrió su cuaderno por la última página escrita:

- “No quiero que mamá Luisa regrese a casa. Es tan cargante y pesada. No la aguanto. Ojalá no existiera…”.

- Vaya. Claro – Dijo el chico – Y mamá no ha regresado aún por eso. Por favor, María… no digas tonterías.

- No son tonterías. Sabéis que mamá Luisa, nunca se ha perdido nada de mí. Siempre ha estado ahí… menos hoy.

Leticia se levantó del sofá y fue hasta María:

- ¿Has escrito más? – Preguntó con cautela, mientras intentaba coger el diario de las manos de la niña.

María miró a su madre.

- Sí – Dijo.

- ¿Puedo verlo? – Preguntó Leticia.

- Vale.

María alargó el diario a su madre. Ésta leyó en silencio los siguientes párrafos.

La cara de Leticia se fue transformando poco a poco.

- Pone que esto lo escribiste ayer por la mañana, ¿no?

- Sí – Respondió María – Ayer por la mañana fue la última vez que escribí en el diario. Intentaba cambiar lo deseado, pero creo que no lo he conseguido.

Leticia se sentó en la silla de al lado de María.

- Mira – Dijo enseñándole a la niña las últimas letras – Estas palabras están mal escritas. Los acentos, las comas… no están del todo correctos. ¿Crees que el diario puede distinguir las faltas de ortografía?

- Creo que no. Por eso, pienso que no me va a hacer caso…

- Pero, ¿qué decís las dos? – Exclamó Luis - ¿Mamá te has vuelto loca? No puedes enredarte en las historias de ésta niña fantástica.

- Si que puedo – Dijo Leticia muy seria, mirando hacía su hijo – Las palabras tienes poder y mucho más las palabras escritas.

- Venga ya mamá – Gritó el joven – Que estamos hablando de un diario de una niña chica. Nada más… nada más – Aseveró.

- Hace años – Se entrometió el tío Alfredo – Cuando ninguno de los dos habíais nacido y ni tan siquiera erais un proyecto de vida, vuestras madres y otras muchas madres, desearon ser libres para tener, educar y querer a sus hijos e hijas.

- Déjalo Alfredo. No hace falta – Dijo su hermana.

- Como que no – Apuntó el tío – Mirad niños… hace ya muchos años, un grupo de personas (artistas, científicos, escritores), se dieron cuenta de algo: todo lo que escribían en determinados lugares y con determinada fuerza, se hacía realidad. Los deseos, dejaron de formar parte de la nada, para convertirse en realidades palpables.

Leticia asintió, dándole a su hermano permiso, para continuar:

- Vosotros sois niños felices y formáis una familia aceptada actualmente en la sociedad.

- Claro – Dijo Luis - ¿Por qué iba a ser de otro modo?

Alfredo observó a sus dos sobrinos:

- Vuestras madres y muchas otras madres y personas de todas clases, desearon lo que hoy en día es algo natural. Lo escribieron primero para ellos, en sus diarios secretos, y luego lo escribieron otros, para transformarlos en deseos reales.

- Vaya cuento – Dijo Luis, de pie, mientras tocaba el pelo de su hermana – Los deseos que se escriben en diarios secretos, algún día toman forma – Apuntilló con retintín.

- Pues eso es – Dijo el tío – Hay que saber muy bien que desear, para luego escribirlo y que se cumpla.

- Mamá no ha vuelto – Intervino la niña – Porque yo deseé de verdad que no regresara…

La habitación quedó en silencio. Tan solo se oía el leve gimoteo de María. Hasta que el móvil de Luis comenzó a sonar con una melodía atronadora.

- Es mamá – Gritó el chico al mirar el móvil – ¡Mamá!, ¡mamá! – Respondió.

Al otro lado de la línea, una voz de hombre, dijo:

- ¿Puedo hablar con la señora Leticia Fernández, por favor?

- Sí… - Titubeó Luis – Mamá, quieren hablar contigo.

Leticia cogió el teléfono, mientras que María nerviosa, daba vueltas en sus manos, al diario.

- De acuerdo… ajá… ajá… vale. Gracias señor. Hasta luego.

La conversación fue breve. La cara de Leticia reflejaba seriedad y angustia.

- Luisa está bien. Ha tenido un accidente de tráfico. Sus constantes vitales están bien… tan solo…

- ¿Sí? – Preguntaron los tres al unísono.

- María – Dijo Leticia – Lee la última línea de tu diario.

La niña obediente, abrió la libreta, y leyó despacio:

- “Por favor, que todo lo que he puesto no se cumpla… que regrese mamá, aunque no sea la misma, aunque no pueda caminar o correr. La necesito tanto”.

Todos se miraron con sorpresa. Y partieron rápidamente al hospital.

Antes de salir por la puerta, María dejó el diario encima de la mesa del salón, mientras susurraba:

- Los deseos se cumplen… las palabras tienen poder. Sobre todo las escritas… Mamá por lo menos regresa a casa.

1 comentario:

Fibonacci dijo...

Me ha encantado tu página y lo que he leido en ella...mis felicitaciones...un saludo