15/12/2011

EL HOMBRE SIN MÁSCARAS


Erase una vez, un hombre que no creía en nada. 

Pasaba sus días caminando de un lado a otro y trabajando sin pausa.

Tenía varias máscaras que usaba según era el día.

Su atuendo siempre era elegante y su sonrisa falsa.

Cuando por la noche, llegaba a su casa, se quitaba la careta que había tenido puesta toda la jornada:

- Hoy no he dejado este ceño fruncido y este terrible dolor de cabeza. Por fin puedo descansar…

Y se tumbaba en su cama, dispuesto a recordar cómo era antes de las máscaras:

- Sé que cuando era niño, mi madre me decía: “Cielo, esfuérzate en ser como hay que ser” y su padre lo afirmaba: “Tienes que ser como el abuelo. Tan alto y serio, que nada puede romperlo”.

Las miradas de sus ya ancianos padres, se encontraban en aquellas palabras y parecían susurrar a voces: 
Este niño conseguirá vivir sin esfuerzo. Todas las caretas que le estamos regalando son su salvación de mañana”.

Y lo consiguió… Vaya que sí. Aprendió a vivir con máscaras y a usarlas a su conveniencia: en las 
reuniones familiares, en las entrevistas con sus jefes, en las relaciones más cercanas…

Así pasó el tiempo. Sus padres le sonreían, eso sí, con sus otras máscaras, y él atento movía la cabeza inclinándose ante sus caras.

- Esta noche iremos a tu casa – Le dijo su madre una mañana – No olvides que nos gustan las avellanas.

Sonriente y agradecido, el hombre salió de su casa, para comprarlas.

- Ya era hora de llegar a casa – Suspiró nada más entrar al portal – Hoy la calle está desierta… será porque es Navidad… espero que en la cena, todos nos quitemos las máscaras.

Y llegó la noche.

- Hijo mío – Dijo la madre – Hoy te has superado… Y no has necesitado tu careta de mejor hijo – Sonrió con ganas.

- Gracias – Respondió alegre el hombre – No ha sido nada. Aunque he de confesar que he quemado todas mis máscaras…

 Sus padres se horrorizaron.  Toda la vida enseñándole para nada, a ser respetado.

- No os preocupéis padres… Lo he conseguido poco a poco. Ya solo me queda este aspecto que veis. No es tan malo.

Su padre tosió fuerte y su madre, le cogió de la mano.

- Te compraremos otras, hijo mío… Te perderás sin ellas.

- No pasa nada – Respondió el hombre sin máscaras – Llevo varias semanas así y os puedo asegurar que estoy como estaba.

- Precioso – Se atrevió a decir el padre – Todo parece de otro color sin esta cosa – En la mano tenía la careta que acababa de quitarse de la cara – Vamos mujer – Le dijo a su esposa – Quítatela y hagamos lo que nuestro hijo. Vivamos sin miedo.

Ella asintió temblorosa y acertó a quitarse su máscara.

- Ya está… - Dijo - ¿Y ahora qué?

- Os vais a sorprender de lo fácil que es todo ahora – Expresó el hombre – No os tendréis que preocupar más en elegir una máscara para cada día.

Felices, se abrazaron y respiraron aliviados:

- Hay muchas personas que ya no usan éstas caretas – Dijo el hijo a sus padres – No soy solo yo.

Después de aquella noche, sus padres convencieron a sus amigos para romper todas las máscaras.

La moda se extendió como una ola gigante, y llegó a todos los rincones del planeta.

Hoy en día, las máscaras ya no se regalan ni se enseñan a los niños. Todos y todas, viven con una sola cara.

Y pensar que toda la historia la comenzó un solo hombre... Un hombre que un día decidió vivir sin máscaras.