2 dic. 2009

“Un árbol tras la ventana”

Era un día nublado de 2009. Marina se esforzaba por no quedarse dormida.
Como todas las mañanas, Elisa y Nerea la habían levantado temprano, la habían aseado y luego vestido sin muchas ganas. Ambas, Elisa y Nerea, hacían bien su trabajo en la residencia, pero cuando llegaba el viernes, estaban demasiado cansadas después de toda la semana.
Ahora, eran las tres de la tarde, y aún quedaban dos horas para que su hijo Juan fuera a verla.
Marina vivía en un lugar apartado de la ciudad. En un sitio rodeado de casas en construcción. Era una mujer fuerte y con gran carácter. Sus huesudas manos eran mucho más largas y delicadas de lo que en realidad habían sido. Y su encrespado pelo gris, le daban un aspecto descuidado a aquella hora.
Estefanía, su compañera de habitación, había fallecido hacía ya tres días. Esto desalentaba mucho a Marina. Miraba a través de la fría ventana de su cuarto, y observaba como había transcurrido su vida:
- Sin darme cuenta… - Musitó con tono triste.
Una fuerte ráfaga de viento arrastró varias hojas del árbol más cercano, y las hizo estrellarse con fuerza contra los cristales de la pequeña ventana.
A Marina se le ocurrían grandes cosas que hacer. En un día, podía llegar a tener diez buenas ideas. Y se emocionaba fantaseando en como llevarlas a cabo, pero de pronto despertaba, y se encontraba con su realidad: una silla de ruedas, un cuerpo viejo y arrugado y mucha soledad a su alrededor.
En esas circunstancias era fácil entristecerse. Y Marina, fue muy dada siempre a la depresión. Nunca nada le pareció bien. Todo lo que ocurría a su alrededor estaba mal. Nadie hacía nunca lo que era correcto para ella. Estaba enfurecida con el mundo.
- La vida – Pensaba – Es cruel... Muy cruel.
Tocaron a su puerta y Marina salió de sus ensimismados pensamientos.
- ¿Sí? – Preguntó - ¿Quién es? – Mientras decía esto, Marina miró su reloj de la mesita de noche. Aún no era la hora de las visitas y esto la extrañó.
La puerta se abrió, y Andrés, un trabajador de la residencia, entró acompañado de una delgada anciana de ojos azules y tierna sonrisa.
- Buenas tardes señora Marina – Dijo Andrés jovialmente – Le presento a su nueva compañera de habitación. Se llama Sandra, ha llegado esta mañana y me ha dicho que nació en el mismo año que usted: en 1924.
- Ah, hola – Dijo Marina sin emoción – No sabía que tendría compañera tan pronto.
- Pues ya ve señora Marina. Parece que nuestra amiga Sandra, ha decidido venir antes de lo que tenía previsto a vivir con nosotros. Fue una decisión algo repentina, pero que a todos nos alegra, ¿verdad? Dice que aquí puede ser de mucha ayuda.
Sandra de modo ágil y tranquilo, se acercó a Marina y le dio dos besos.
- Hola guapa – Le dijo – Creo que nos conocemos, ¿no?
Marina levantó sus ojos y la miró con desconfianza. Se encontraba de mal humor. No quería que nadie se metiera en su vida.
- No creo – Le respondió Marina fríamente, y continuó mirando al suelo.
- Vaya… - Susurró Sandra – Bueno Andrés – Se dirigió al enfermero – Muchas gracias por tu ayuda. Si necesito algo ya te llamaré.
- De acuerdo Sandra. Aquí le dejo sus cosas – Le dijo Andrés con una gran sonrisa en su rostro.
Andrés dejó una bolsa de viaje en la cama vacía, que ahora pertenecía a Sandra, y salió del cuarto.
Sandra notaba que su compañera no quería estar con ella. De hecho, presentía que no quería estar con nadie.
- No hay más que verle la cara – Pensó – Está triste y amargada. La pobre seguramente no ha aceptado su situación.
Al pensar aquello, volvió a mirar a Marina, la cual ya dormitaba en su silla que aún estaba junto a la pequeña ventana.
Sandra, sin embargo, estaba con los ojos muy abiertos. Miraba hacía todos los rincones de su nuevo hogar. Sabía que allí, aprendería muchas cosas.
Sandra estuvo largo rato sentada en su cama, mientras disfrutaba de la música de Mozart que escuchaba a través de sus auriculares, pretendiendo así no molestar a su compañera.
Respiró profundamente y se levantó de un salto, dispuesta a colocar sus pocas pertenencias en su armario.
Entretenida aún con la música, Sandra vio a Marina abrir sus ojos y decirle algo con la boca muy abierta:
- ¡Sandra! ¡Baja el volumen de esa música! ¡Estás sorda! – Gritó Marina con una expresión de odio en su mirada.
La delgada y ágil mujer, se acercó a Marina, la acarició la mano y se quitó los auriculares:
- Dime compañera – Dijo alegremente - ¿Qué dices? ¿Quieres algo de mí?
Marina no podía entender aquella actitud alegre de Sandra: - ¿Pero no se da cuenta de dónde está? – Pensó la anciana.
Marina volvió a hablar:
- ¿Acaso crees que tienes veinte años? – Dijo enfurecida.
Sandra la miró con sorpresa.
- ¿Veinte? – Preguntó- ¡No! – Dijo de modo rotundo – Sé que tengo 85 años, pero por eso no tengo que estar triste y hacer cosas que no me gustan. ¿No crees?
- ¿Cómo? – Respondió Marina que seguía mirando a su nueva compañera con desconfianza y desprecio – Seguro que has tenido una buena vida… Claro, eso explica tu optimismo – Apuntilló esto último entre dientes.
Sandra entonces, cogió una de las butacas acolchadas de color azul, que había en la habitación, y se sentó delante de la silla de ruedas de Marina. La miró a los ojos, mientras le tocaba la rodilla, y le dijo:
- Amiga – Dijo con tono reconcializador – Mi vida no ha sido nada fácil. Como creo nos ha pasado a mucha gente, que no hemos partido de una situación familiar desahogada. Sin embargo, de mi larga vida he aprendido muchas cosas, y sin estas situaciones que me he ido encontrando, no me habría podido dar cuenta desde muy joven, de que es lo realmente importante.
Marina la miraba con los ojos caídos y sin muchas ganas de escucharla. Apartó la mano de Sandra, que estaba apoyada en su pierna, mientras se quejaba de un dolor en su costado.
- A mi me duele mucho mi cuerpo – La espetó – Así, no se puede pensar en esas cosas tan bonitas de las que tú hablas – Dijo sarcasticamente.
- ¡Ah! Eso – Suspiró Sandra – Yo he tenido también problemas físicos desde hace cincuenta años – Dijo de modo tranquilo – Y ahora, lo más doloroso que tengo es reúma. Sí, a mí también me duele habitualmente el cuerpo – Prosiguió – Pero tampoco por eso voy a esconderme bajo tristes pensamientos. Estoy convencida que tú eres capaz de estar más alegre y feliz. Ya verás. Si quieres yo te ayudo.
Marina entretanto, movía la cabeza desaprobando todas las palabras que escuchaba de Sandra. Marina siempre había creído ver las cosas de forma realista, y aquellas personas como Sandra, la sacaban de sus casillas.
El reloj marcaba ya las cinco y quince minutos. Alguien tocó a la puerta del cuarto de las ancianas.
- ¿Se puede? – Dijo una voz al otro lado de la puerta. Al abrirse esta, una mujer joven entró en la habitación. Sandra fue al encuentro de su nieta:
- ¡Laura! ¡Qué bien que hayas venido! Ven. Te voy a presentar a mi compañera de cuarto.
Sandra, después de dar un cálido abrazo a Laura, le cogió la mano derecha y tiró de ella, para llevarla junto a Marina. Pero cuando llegaron al lado de la ventana, Sandra comprobó como su compañera había cerrado nuevamente los ojos.
- Anda... Se ha vuelto a dormir – Sandra miró a su nieta – Será mejor que vayamos fuera y tomemos algo en la cafetería. ¿Quieres?
Laura asintió con simpatía y acompañó a su abuela hasta la puerta de la habitación.
Cuando caminaban ya por el largo pasillo que conducía a la cafetería, la directora del centro, salió a su encuentro y se dirigió a ellas:
- ¡Hola! – Gritó – Me llamo Luisa. Soy la directora de la residencia. Perdona que no haya podido saludarte antes por tu llegada con nosotros, pero estoy siempre tan ocupada… Y en fin, ¿cómo estás Sandra?
- Bien, gracias – Gritó también la anciana - ¿Es usted sorda? – Preguntó Sandra con curiosidad.
- No – Respondió Luisa con voz más baja, y acto seguido se dirigió a Laura - ¿Es usted su hija?
- No, su nieta – Dijo Laura muy seria.
- Ah, que bien. Bueno, pues a seguir bien. Como en su casa ¿eh, guapa? – Mientras decía esto, Luisa ya se había alejado de ellas unos metros.
Laura aún seria, preguntó a su abuela sin dejar de mirar a la directora, que ya se perdía por el largo pasillo:
- ¿No te has dado cuenta como te ha tratado? Parece como si pensara que eres una niña pequeña. ¡Qué descaro lo de esta mujer!
- Vaya... ¿Estás de mal humor por eso, niña? – Le preguntó su abuela.
- Claro – Respondió Laura – Ni siquiera te ha tratado de usted.
- Pero Laura... ¿Qué más da? Es ella la que vive en un engaño. No todas las personas de más de ochenta años estamos sordas o tenemos problemas seniles. En realidad a mi no me ha ofendido. Hace años que ya no me ofendo porque los demás se crean en mejor estado que tú. ¿Quieres un té o te apetece otra cosa?
Sandra y Laura ya habían llegado a la cafetería, y el camarero se acercaba a ellas con una amable sonrisa:
- ¿Qué desean tomar? – Les preguntó.
La cafetería de la residencia, era una amplia habitación del centro, en donde habían instalado una pequeña barra y varias mesas y sillas dispersas.
- Hola – Dijo alegremente Sandra – Soy nueva aquí. ¿Sabe?
- Sí, lo sé – Respondió el chico – Es un placer el conocerla.
- Yo quiero una infusión de manzanilla, por favor. ¿Y tú guapa? – Dijo Sandra dirigiéndose a la aún enfadada Laura.
- ¿Yo? Pués no sé. Me da igual. Pues... lo mismo que tú– Dijo con desgana Laura.
Mientras tanto, arriba en la habitación, Marina aún seguía sola, observando el árbol a través de la ventana. Miró el reloj: - Las seis y cuarto. Y Juan sin venir – Pensó con tristeza – Si por lo menos me hubiera llamado para decir que no viene… estaría más tranquila. Porque seguro que no va a venir – Siguió pensando Marina.
La puerta del cuarto se abrió lentamente. Sandra y Laura entraron sin hacer ruido.
- Creo que sigue dormida – Susurró Sandra – Ven que te enseñe las vistas. Hay un precioso árbol enorme justo aquí al lado.
Laura siguió a su abuela a través de la amplia y despejada habitación.
- ¡Pero abuela! – Dijo Laura sorprendida – Si solo se ven casas en construcción. Vaya paisaje más feo. ¿No te lo parece?
- Anda que no sois negativos en tu casa – Dijo Sandra divertida – Donde tú ves cactus, yo veo rosas.
Entonces Marina, dijo algo en voz baja:
- ¡Marina! Te has despertado. ¿Qué dices? – Le preguntó Sandra.
- ¡Qué no puedo aguantar a gente como tú! – Volvió a decir Marina en voz muy baja.
- No te escucho. Repítelo un poco más alto, por favor – Insistió Sandra.
- No tiene importancia – Concluyó Marina gritando muy enfadada.
- Mira – Sandra puso delante de Marina a su nieta – Esta es Laura, mi nieta.
- ¡Ah! Vale. Hola – Le dijo Marina a Laura - ¿Podéis llamar a la enfermera? Es la hora de mis pastillas, y por aquí no aparece nadie.
- Claro amiga… ¿Sabes? – Dijo Sandra – Ya sé de que nos conocemos. Vivimos durante un año en el mismo pueblo. ¿No lo recuerdas? Tú eras una de las chicas más populares y guapas de aquel lugar.
- Ah, sí. Del pueblo… No te recuerdo – Dijo ásperamente Marina – Llamad ya a la enfermera – Inquirió con malos modos.
Laura fue con su abuela hasta la sala de enfermería, y allí se despidió de Sandra:
- Bueno abuela. Espero que tu “nueva amiga” con el tiempo, te trate mejor.
- No te preocupes niña. La pobre se hace daño solo a sí misma con sus palabras. Yo estoy bien – Continuó la anciana – Y estoy muy contenta de estar aquí, y de que tú vengas a verme. Sé que enseñaré y aprenderé muchas cosas nuevas. La vida es toda una aventura.
- Me encantas abuela. Eres muy especial. Vendré a verte mañana cuando salga de clase. ¿Quieres que te traiga algo? – Preguntó Laura.
- Sí, tráeme de esos pasteles de chocolate que tanto me gustan. ¿Vale? Merendaremos con tu tía Ana, que me ha dicho que va a venir mañana.
- De acuerdo. Un beso abuela. Hasta mañana entonces.
Después de un fuerte abrazo, Sandra cumplió con su encargo en la enfermería.
Llegó hasta una abertura situada en el extremo inferior de un gran cristal, por donde atendían las consultas las enfermeras y enfermeros, que descansaban en aquella sala:
- Hola – Dijo en voz alta - ¿Hay alguien?
Al fondo de la sala, se escucho el ruido de una silla arrastrarse. Seguidamente apareció una mujer gruesa con cara de sueño:
- ¿Sí? ¿Qué quieres? – Preguntó pausadamente a Sandra.
- Hola. Mira, vengo a por las pastillas de Marina, habitación 203. Soy su nueva compañera de cuarto. Me llamo Sandra.
- Ah, es verdad, es la hora de las pastillas. Espera, que también te doy las tuyas.
- ¿Las mías? – Preguntó extrañada Sandra – Pero si yo no tomo pastillas. Esto debe ser un error.
- No hay ningún error. El médico le ha mandado pastillas para el reuma y los dolores de espalda. Ah, y también para el corazón. En total… tienes que tomar dos pastillas al día cada ocho horas.
Tras lo dicho, le pasó por la abertura del cristal, dos pequeños vasos de plástico blanco, conteniendo las pastillas:
- Las azules son de Marina, y la blanca y la rosa son para ti – Concluyó la enfermera.
- ¡Vaya! – Dijo Sandra – Si lo llego a saber, no le digo nada de mis achaques al médico.
- Pero, ¿es que no le duele nada, señora? Esto que le ha mandado el médico es muy bueno para su salud – Dijo en viva voz la enfermera.
- Claro, y para mi estómago también. Yo tomo plantas medicinales desde hace muchos años, y me va muy bien.
- ¿Sí? – Preguntó la trabajadora – Pues aquí ya no puede tomar de esas cosas. Ahora vive con nosotros, y tendrá que hacer caso de lo que le manden.
Sandra respiró profundamente, cogió las pastillas y sin crear más polémica, volvió resignada a su habitación.
Allí, un esbelto y apuesto hombre, permanecía sentado delante de Marina, sin abrir la boca.
- ¡Hola! – Dijo eufóricamente – Me llamo Sandra.
Marina alzó los ojos y con un hilo de voz, le dijo a su hijo:
- Esta es, Juan. Esta es la mujer de la que te he hablado. Mi nueva compañera de habitación.
Juan se levantó lentamente y se dirigió a Sandra, mientras le estrechaba la mano.
- Encantado. Yo soy Juan, el hijo de Marina.
- Que bien que hayas venido – Dijo Sandra – Tu madre está hoy algo triste. Creo que necesita mucho cariño.
Juan miró a Sandra con la misma desconfianza con que Marina lo hacía, y se alejó de ella, para sentarse de nuevo en su silla. Todo quedó en silencio.
Sandra le entregó a Marina sus pastillas y se fue de nuevo de la habitación: - Será mejor que estén solos – Pensó.
Cuando ya fue de noche y las visitas ya se habían ido, Sandra regresó a su cuarto muy cansada.
- Ya estoy aquí – Le dijo a Marina que aún permanecía en su silla de ruedas – Que día más cansado… ¿Tú como estás?
Sandra esperó unos minutos a que su compañera respondiera, pero no lo hizo. Entonces, se acercó más a ella, vio que tenía la cabeza inclinada hacía delante y los ojos cerrados, y le acarició su pálida mejilla. Al hacer esto, se dio cuenta de que su cara estaba helada. La temperatura de la habitación era agradable, y no para que tuviera la piel así de fría. Por lo que la miró más de cerca, y comprobó, con su mano extendida a ras de su nariz, que no respiraba. Rápidamente, llamó al personal del centro, a través del dispositivo de llamada, para que la socorriesen. Estos llegaron enseguida, y certificaron su muerte.
Sandra se quedó atónita. No podía creer aquello. Le habría gustado tanto hablar con Marina y recordar viejos tiempos… La muerte había llegado sin avisar… Como casi siempre.
Sandra suspiró, y sonrió alegre por haber vuelto a ver a Marina. Su final había llegado ese día, y ella había tenido la suerte de estar allí con ella después de tanto tiempo.
Deseo que ella esté bien – Rezó Sandra – Se liberó de sus dolencias… Y eso es bueno. Hoy voy a acostarme temprano – Pensó en voz alta – Mañana será otro gran día para seguir viviendo.

2 comentarios:

O. dijo...

Nada es lo que parece: http://opalazon.blogspot.com

Feliz Año Nuevo.

Sofía dijo...

Me ha encantado tu relato.

Un beso.